
Salimos casi a diario durante un par de semanas, en plan amigos y nada más, su presencia seguía intimidándome a pesar de la confianza creciente que iba creciendo entre ambos.
Una noche de Sábado apareció con uno de sus famosos minivestidos, de color azul. Sin venir muy a cuento me soltó: “Mira, me he pintado las uñas de los pies de azul, a juego con el vestido, ¿te gustan?”, gustarme era poco, el recuerdo de Nuria levantando su pie y colocándolo sobre una silla que tenía mi lado aún me provoca palpitaciones. “Tienes unos pies muy sexys” le solté, y el color de las uñas te queda de maravilla. Ella sonrió complacida.
Llegó el último fin de semana de Julio y Nuria se había quedado sola en su piso, su madre había tenido que marcharse por no recuerdo qué motivo. Nuria me invitó a cenar en su casa para luego salir de marcha. Volvía a llevar el mismo vestido azul y sus uñas eran también azules. Insistí en lo bien que le quedaban las uñas pintadas de azul y en lo sexy que resultaba. “¿Eres fetichista?”, la pregunta me cogió de improviso. “No, nunca me han llamado la atención los pies de las mujeres” –mentí-, “pero tus pies me tienen hipnotizado, no sé por qué”.
Bebimos una botella de vino durante la cena, y en un momento de atrevimiento confesé: “Antes te he mentido, te dije que nunca me han llamado la atención los pies de la mujeres pero lo cierto es que me parece una de las partes más excitantes de vuestra anatomía”, ella me miró mitad sorprendida mitad curiosa. “Nunca nadie se ha fijado antes en mis pies” – dijo ella – “Nunca te habrás dado cuenta, seguro que sí lo han hecho”. “A mí no me parecen especialmente bonitos” – me dijo-. “Lo son, créeme”.
La conversación se volvió atrevida, ella mostró curiosidad acerca de mi práctica fetichista, que por aquel entonces se limitaba a lo que había sido mi relación con Eva. De repente dijo una frase que aún hoy mantengo guardada en algún lugar seguro de mi cerebro: “Me gustaría probar, “¿qué te parecería darme un masaje y unos besos en los pies?”, sin duda uno de los momentos más felices de mi vida. “Por mí encantado”, dije intentando disimular mi emoción.
Se tumbó en el sofá aún con los zapatos puestos. Yo me senté uno de los lados. “Deja, me hace ilusión quitarte los zapatos” – le dije. Creo que nunca he llegado a tal nivel de excitación como en aquel momento en el que desabrochaba la hebilla de aquellos zapatos negros de tacón. Contuve mis impulsos de meterme sus dedos en la boca directamente y comencé a masajear su pie izquierdo con suavidad. Nuria tenía sus ojos cerrados, respiraba profundamente y sonreía, podía ver sus braguitas, también azules, asomando por debajo de su falda. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos por no perder el control y no abalanzarme sobre ella. No sabía hasta dónde estaba dispuesta a llegar y no quería echarlo todo a perder.
“Me está encantando, lo haces muy bien”, dijo aquello cuando masajeaba su empeine, me atreví a decirle: “¿de verdad que nunca te han chupado los pies?”, movió su cabeza de lado a lado sin decir nada, sonriendo. “¿Me dejas que lo haga yo?”. Ella abrió los ojos y dijo: “Vale, a ver qué tal”.
Comencé por meterme en su boca el dedo gordo, lo chupé con suavidad, seguidamente fui pasando mi lengua entre dedo y dedo, primero en un pie, luego en otro. Por primera vez, Nuria soltó un gemido de placer que me hizo crecerme más y más. “Me encanta, es estupendo” – me dijo sonriendo. Olvidé toda contención y tras dedicar unos minutos a sus pies comencé a subir por sus piernas, me recreé otro ratito en sus muslos y acabé subiéndole la falda y quitándole las bragas. Me concentré en su coño durante un buen rato. Con la cabeza entre sus piernas me las arreglé para colocar uno de sus pies a la altura de mi polla, ella captó la indirecta y comenzó a frotar mi paquete con empeño. Me desabroché el pantalón mientras seguía ocupado con su sexo dejando al descubierto mi polla, en contacto directo con su pie azul. Cuando noté que ella iba a alcanzar el orgasmo apreté aún más su pie contra mi polla, ella aumentó el ritmo y los dos acabamos en un glorioso e inolvidable orgasmo.
Aquella noche nos olvidamos de salir de fiesta. Una vez recuperados del primer orgasmo ella me confesó que todo el rollo de los pies le había excitado mucho, que ya estaba tardando en chupárselos otra vez, y yo obediente así lo hice. Fue una noche inolvidable, llegar a disfrutar del cuerpo de Nuria era algo casi impensable e inesperado, es probable que aquel haya sido el mejor encuentro sexual que he tenido nunca.
La noche siguiente volvimos a quedar en su piso. Me ofreció sus pies desde el primer momento y yo por supuesto di buena cuenta de ellos. Más tarde fue ella quien quiso probar el sabor de mis pies, fue la primera vez que me encontré en “el otro lado” y lo cierto es que gocé con la experiencia.
Después de aquellas dos noches ella volvió a su hábitat natural y yo me fui a Londres (de mala gana) a pasar dos meses, en un viaje que ya tenía previsto. Seguimos en contacto vía carta, recordábamos lo bien que lo habíamos pasado y hacíamos planes para volver a pasarlo bien a mi vuelta. Pero dos meses resultó ser demasiado tiempo y uno de sus múltiples pretendientes, de verde y tricornio, consiguió conquistarla y llevársela a vivir a Logroño. Perdimos el contacto. Espero que al menos se haya ocupado de sus pies (y de todo lo demás) como ella se merece.
Un besito Nuria allá dónde estés.