sábado 26 de julio de 2008

Los pies de Nuria



Nuria era famosa entre los chicos del barrio por sus cortas minifaldas y sus tacones imposibles. Aquel verano se acababa de divorciar, tenía 29 años, siete más que yo, y una fila de pretendientes siguiendo su estela. Un par de años antes había coincidido con ella en un curso de informática y desde entonces siempre nos saludábamos al encontrarnos por la calle, y a veces nos parábamos a charlar un rato. Su presencia conseguía intimidarme, su perfil de mujer cañón unido a los años que me sacaba nunca me hizo albergar ninguna esperanza de intimar con ella, para mí siempre había sido una especie de sueño erótico inalcanzable.


El destino quiso hacernos coincidir en Rota durante el mes de Julio, ella se había alquilado un piso con su madre y yo veraneaba con mi familia. Nos encontramos por casualidad mientras estábamos de compras por el centro, me saludó muy efusivamente, hablamos un ratillo y me invitó a tomar una granizada. No conocía a nadie en Rota y no se aventuraba a salir sola así que la invité a salir por la noche, no sólo aceptó sino que se mostró de lo más agradecida.

Salimos casi a diario durante un par de semanas, en plan amigos y nada más, su presencia seguía intimidándome a pesar de la confianza creciente que iba creciendo entre ambos.

Una noche de Sábado apareció con uno de sus famosos minivestidos, de color azul. Sin venir muy a cuento me soltó: “Mira, me he pintado las uñas de los pies de azul, a juego con el vestido, ¿te gustan?”, gustarme era poco, el recuerdo de Nuria levantando su pie y colocándolo sobre una silla que tenía mi lado aún me provoca palpitaciones. “Tienes unos pies muy sexys” le solté, y el color de las uñas te queda de maravilla. Ella sonrió complacida.

Llegó el último fin de semana de Julio y Nuria se había quedado sola en su piso, su madre había tenido que marcharse por no recuerdo qué motivo. Nuria me invitó a cenar en su casa para luego salir de marcha. Volvía a llevar el mismo vestido azul y sus uñas eran también azules. Insistí en lo bien que le quedaban las uñas pintadas de azul y en lo sexy que resultaba. “¿Eres fetichista?”, la pregunta me cogió de improviso. “No, nunca me han llamado la atención los pies de las mujeres” –mentí-, “pero tus pies me tienen hipnotizado, no sé por qué”.

Bebimos una botella de vino durante la cena, y en un momento de atrevimiento confesé: “Antes te he mentido, te dije que nunca me han llamado la atención los pies de la mujeres pero lo cierto es que me parece una de las partes más excitantes de vuestra anatomía”, ella me miró mitad sorprendida mitad curiosa. “Nunca nadie se ha fijado antes en mis pies” – dijo ella – “Nunca te habrás dado cuenta, seguro que sí lo han hecho”. “A mí no me parecen especialmente bonitos” – me dijo-. “Lo son, créeme”.

La conversación se volvió atrevida, ella mostró curiosidad acerca de mi práctica fetichista, que por aquel entonces se limitaba a lo que había sido mi relación con Eva. De repente dijo una frase que aún hoy mantengo guardada en algún lugar seguro de mi cerebro: “Me gustaría probar, “¿qué te parecería darme un masaje y unos besos en los pies?”, sin duda uno de los momentos más felices de mi vida. “Por mí encantado”, dije intentando disimular mi emoción.

Se tumbó en el sofá aún con los zapatos puestos. Yo me senté uno de los lados. “Deja, me hace ilusión quitarte los zapatos” – le dije. Creo que nunca he llegado a tal nivel de excitación como en aquel momento en el que desabrochaba la hebilla de aquellos zapatos negros de tacón. Contuve mis impulsos de meterme sus dedos en la boca directamente y comencé a masajear su pie izquierdo con suavidad. Nuria tenía sus ojos cerrados, respiraba profundamente y sonreía, podía ver sus braguitas, también azules, asomando por debajo de su falda. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos por no perder el control y no abalanzarme sobre ella. No sabía hasta dónde estaba dispuesta a llegar y no quería echarlo todo a perder.

“Me está encantando, lo haces muy bien”, dijo aquello cuando masajeaba su empeine, me atreví a decirle: “¿de verdad que nunca te han chupado los pies?”, movió su cabeza de lado a lado sin decir nada, sonriendo. “¿Me dejas que lo haga yo?”. Ella abrió los ojos y dijo: “Vale, a ver qué tal”.
Comencé por meterme en su boca el dedo gordo, lo chupé con suavidad, seguidamente fui pasando mi lengua entre dedo y dedo, primero en un pie, luego en otro. Por primera vez, Nuria soltó un gemido de placer que me hizo crecerme más y más. “Me encanta, es estupendo” – me dijo sonriendo. Olvidé toda contención y tras dedicar unos minutos a sus pies comencé a subir por sus piernas, me recreé otro ratito en sus muslos y acabé subiéndole la falda y quitándole las bragas. Me concentré en su coño durante un buen rato. Con la cabeza entre sus piernas me las arreglé para colocar uno de sus pies a la altura de mi polla, ella captó la indirecta y comenzó a frotar mi paquete con empeño. Me desabroché el pantalón mientras seguía ocupado con su sexo dejando al descubierto mi polla, en contacto directo con su pie azul. Cuando noté que ella iba a alcanzar el orgasmo apreté aún más su pie contra mi polla, ella aumentó el ritmo y los dos acabamos en un glorioso e inolvidable orgasmo.

Aquella noche nos olvidamos de salir de fiesta. Una vez recuperados del primer orgasmo ella me confesó que todo el rollo de los pies le había excitado mucho, que ya estaba tardando en chupárselos otra vez, y yo obediente así lo hice. Fue una noche inolvidable, llegar a disfrutar del cuerpo de Nuria era algo casi impensable e inesperado, es probable que aquel haya sido el mejor encuentro sexual que he tenido nunca.

La noche siguiente volvimos a quedar en su piso. Me ofreció sus pies desde el primer momento y yo por supuesto di buena cuenta de ellos. Más tarde fue ella quien quiso probar el sabor de mis pies, fue la primera vez que me encontré en “el otro lado” y lo cierto es que gocé con la experiencia.

Después de aquellas dos noches ella volvió a su hábitat natural y yo me fui a Londres (de mala gana) a pasar dos meses, en un viaje que ya tenía previsto. Seguimos en contacto vía carta, recordábamos lo bien que lo habíamos pasado y hacíamos planes para volver a pasarlo bien a mi vuelta. Pero dos meses resultó ser demasiado tiempo y uno de sus múltiples pretendientes, de verde y tricornio, consiguió conquistarla y llevársela a vivir a Logroño. Perdimos el contacto. Espero que al menos se haya ocupado de sus pies (y de todo lo demás) como ella se merece.
Un besito Nuria allá dónde estés.

martes 15 de julio de 2008

Comienzo

Antecedentes

Mi atracción por el pie femenino comenzó a ser consciente a los veinte años, edad en la que me llevé por primera vez unos pies a la boca. Fueron los de por aquel entonces mi novia Eva. Lo recuerdo como un acto reflejo, nada premeditado. En algún momento del juego amoroso uno de sus pies se encontraba junto a mi cara e instintivamente comencé a lamerlo. Algo debió hacer “click” en aquel instante, aquello me causó una enorme excitación. Era territorio virgen, una parte de su cuerpo aún no explorada, su sabor era distinto, su olor también. Me dediqué a sus pies durante un rato intuyendo que, a raíz de sus reacciones, Eva también estaba encantada con aquel nuevo descubrimiento. Cuando acabamos de hacer el amor le confesé: “Eva, me ha encantado lamerte los pies”, a lo que ella contestó: “Me ha puesto muy cachonda, a mí también me ha gustado”.

Los pies pasaron a formar parte del juego sexual durante los siguientes dos meses, que fue lo que Eva tardó en acabar con la relación. Aún no estoy seguro de cuál fue el motivo, quizás pensó que dedicaba a sus pies más tiempo que a ella, o quizás tuvo algo que ver Julián, un barman guaperas, con el que empezó a salir un par de semanas más tarde.

Una afición incomprendida.

Un estudio de una distribuidora pornográfica estimó que un 20% de los internautas que consumen porno en internet acceden a contenido relacionado con el fetichismo de pies y cada vez son más las páginas especializadas en este tipo de fetiche.

Sin embargo, en el mundo real no todo el mundo se atreve a declarar abiertamente su condición de fetichista, son muchos los que lo ocultan incluso a su pareja por miedo a la incomprensión, al rechazo o a ser tildados de “raritos”.

Y digo lo de “rarito” porque es la palabra que más veces he escuchado cuando he confesado en público mi atracción por el pie femenino. Es curioso como multitud de chicas tienen una opinión negativa acerca de sus pies. Son muchas las que los consideran una parte “sucia” de su cuerpo, se avergüenzan de ellos o los consideran feos, y muy pocas las que los utilizan como un elemento más en el juego de la seducción.

Sobre el autor (al fin y al cabo, esto no es más que otro blog egocéntrico).

32 años, atractivo, soltero, viajero, solidario, sensible y curioso. Me dedico al noble arte de dar masajes, y sí, soy capaz de separar el trabajo del placer y me enorgullezco de tener la capacidad de no excitarme cuando manipulo el cuerpo de mis pacientes femeninas (incluidos sus pies), aunque mentiría si dijera que me pasan desapercibidos. Tan sólo una vez hice una alusión directa a una clienta acerca de lo bien cuidados y hermosos que tenía sus pies, me contestó que su marido le obligaba a tenerlos así, otro “rarito” supongo.

Mi fetichismo y yo.

Aún estamos conociéndonos. A veces me llevo mal con él porque no siempre encuentro la manera de canalizar mis impulsos, sin ir más lejos, mi última novia no aceptaba el uso de sus pies como instrumento sexual, aunque he de decir que la mayoría de las veces mis parejas han disfrutado enormemente con esta práctica ya que mi fijación por los pies nunca ha sido en detrimento de otras partes de la anatomía femenina, me gusta lamer o besar unos pies de la misma forma que disfruto jugando con unos pezones o realizando un cunnilingus.

Mi fetichismo no está asociado a ningún tipo de sumisión como en ocasiones ocurre en este tipo de práctica. Me gusta besar, lamer y ser masturbado por pies femeninos pero nunca he asumido el rol de sumiso o esclavo. Me gusta adorar pies, no someterme a ellos.

¿Y todo esto para qué?.

¡Y yo que sé!. De momento lo suelto en el ciberespacio y espero a ver si suscita algún interés. Fantaseo con la posibilidad de recibir centenares de emails de mujeres complacientes que me ofrecen sus pies para mi disfrute (aunque estoy seguro que el disfrute sería mutuo), pero estaría razonablemente satisfecho con encontrar gente de cualquier sexo que opina, discrepa, comparte o tiene algo que aportar.

Agradeceré todos y cada uno de vuestros comentarios y emails (besotuspies@gmail.com si alguien se anima), si sois chicas os animo a enviarme fotos de vuestros pies. Si queréis la opinión de un fetichista profesional (o casi) sobre alguna cuestión relativa a ellos no dudéis en preguntarme. En próximas entradas seguiré divagando y contaré alguna experiencia relacionada con esta mi “afición”.

Un saludo a todos/as. Hasta la próxima.

Javier